Activismo animalista por la paz (Reflexiones en torno al escrito de Bertonatti)

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A raíz de la lectura de "La confusión del veganismo" de Claudio Bertonatti, un artículo que me ha parecido interesante en cuanto al debate que propone, he pensado en exponer mi punto de vista en Pizza Vegetal en torno al carnismo, el equilibrio de la naturaleza y el activismo animalista.

Verdades dibujadas sobre la explotación ganadera


En muchas cosas estoy de acuerdo con lo expuesto por Claudio Bertonatti. Fundamentalmente coincido en aquello de que las verdades suelen ser más difíciles de encontrar porque parecen ir reptando por la selva mientras que las mentiras vuelan por un cielo despejado. Pese a ello verdades y mentiras se expresan con palabras y el mayor problema de la ética actual no reside en lo que se dice sino en cómo se dice; no en lo que se piensa sino en las razones que nos llevan a pensar como lo hacemos.

Me explico: cualquier extremismo esconde una verdad más profunda que la que se abraza, una patología humana que responde a una serie de carencias o conflictos personales que en general nada tienen que ver con la causa que se defiende. Esto nos lleva a pensar que en todo grupo, movimiento o postura política puede haber mentes abiertas que trabajan de forma activa por la causa y pequeños bastardos que lo único que desean es llamar la atención. Pero esos personajes nocivos no pueden, sin embargo, opacar el trabajo de los activistas que luchan por una convivencia saludable entre humanos y animales: sin explotación, sin sangre. Partiendo de esta base, no te recomiendo este artículo si eres un vegano extremista o un carnista acérrimo.

La realidad que pinta Claudio en su artículo yo la vi de muy cerca (nací en un campo en el centro de la Provincia de Buenos Aires): animales alimentados a campo en pastizales, garzas volando, serpientes, zorros, pájaros de todo tipo, monte, pradera. Una bonita estampa de la pampa de mi infancia. Bonita si consigo borrar las imágenes de los terneros de quince meses siendo empujados con picana dentro de los camiones en los que después viajaban hacinados hacia el mercado de Liniers (unos doscientos kilómetros de ruta), muertos de miedo y de sed, inmovilizados... o si intento no pensar en aquéllos que directamente eran degollados para el consumo familiar. Sus ojos no hablaban de una muerte lenta y bondadosa; la muerte nunca es así, ¡no nos engañemos!

A mi padre le habría gustado este texto; para reafirmar su sistema de explotación animal: me es muy difícil comprender cómo se sostiene una vida entera sabiendo que has mandado a la muerte a consciencia a cientos y miles de animales. Y nombro a mi padre porque, al igual que Claudio, consideraba que los feedlots y las nuevas tendencias de explotación animal eran una crueldad y porque apostaba por una vida lo más "saludable" y "natural" posible para sus animales. Ganadería ecológica creo que le llaman hoy en día. Curiosa ironía.

Yo tampoco pretendo herir a nadie. Pero la verdad es que Claudio no revela nada extraordinario. Que hay muertes invisibles no es ninguna novedad. Las hay en cada cosa que hacemos. Otra de las cosas que nos caracteriza a todos los animales es que dejamos una marca única en los lugares por los que hemos pasado. Ahora bien; la pregunta es ¿podría reducirse esa huella? Y es eso precisamente lo que intento responder en este texto.

La vida de los cerdos explotados. Fuente: Igualdad Animal
La vida de los cerdos explotados. Fuente: Igualdad Animal

El fundamentalismo de las palabras


"Hay personas que suponen que al evitar el consumo de carne no matan animales. Tengo una pésima noticia para ellas: no es cierto".

No me considero fundamentalista. Mi padre me dijo un día que las personas que no comulgaban o que no creían en la iglesia estaban equivocadas. Yo no creo que los carnistas estén equivocados, lo que pienso es que se han parado a pensar más en las características que nos separan de los animales que las que nos unen; de ahí que para muchos hacer la conexión sea tan difícil. De ahí que no resulte difícil escribir un extenso artículo en torno a las bondades del consumo de carne (consumo=producto).

El verbo matar, según la RAE se define como 'Quitar la vida'. Justamente uno de los grandes problemas del carnismo es que son pocas las personas que matan para comer; de lo contrario, habría más vegetarianos dando vueltas, por lo que dijo Lenon. Si la dieta de cada persona se midiera por lo que es capaz de cazar posiblemente los animales comenzarían a importarnos porque tendríamos que enfrentarnos al dolor que causa la muerte.

Coincido con Claudio en que la siembra y cosecha de arroz genera un impacto ambiental impresionante. La explotación industrial y masiva (sea cual sea su rama es nociva para el medio ambiente y le causa un daño irreparable a corto plazo). Pero es que ese tipo de agricultura no debería compararse con la ganadería a pastizal sino con los establecimientos de cría industrializados (los campos de concentración desde los que proviene la mayoría de la carne que se consume). Y aquí viene lo importante: la solución no debería ser dejar de sembrar y destinar ese terreno para la cría de ganado sino saber qué sembrar, cómo, bajo qué condiciones, basándose en una siembra rotativa que contemple el período de descanso del suelo como fundamental requisito.

Al margen de esto, me resulta llamativo que no se mencione en el artículo el porcentaje de cultivo que se destina a dar de comer (engordar, le llaman) a los animales. Por propia experiencia sé que es bastante alto (¿un 60%?). La mitad del establecimiento de mi padre de unas 1500 hectáreas, estaba destinada para el cultivo de soja, trigo y alfalfa. Los dos primeros se vendían para producir alimento balanceado, la alfalfa se utilizaba para elaborar fardos que servirían de alimento para las épocas malas de invierno. Esa es mi experiencia: casi la totalidad de un establecimiento dedicado a sembrar para el consumo del ganado. ¿Cómo puede alguien venir a decir que el omnivarismo es un mal menor? No dejo de preguntarme qué habría pasado si mi padre hubiera sido vegano: ¿se imaginan unas 1500 hectáreas para una gran huerta ecológica con sus períodos de descanso? ¿Acaso eso no habría colaborado más con el equilibrio medioambiental y la proliferación de especies endémicas que la cría de ganado, exportado de otras tierras?

Si el camino está manchado de sangre, jamás tendremos paz


"No existe el desarrollo humano con impacto ambiental cero: para que nosotros podamos vivir muchas formas de vida deben morir".

Es cierto. Pero ya que hablamos de verdades que se arrastran por el suelo, cabría decir que no es toda la verdad: porque lo cierto es que la vida es imperfecta y cruel y que no es posible el desarrollo de ninguna especie sin ese impacto ambiental. Pero la buena noticia es que existen formas de vida equilibradas que pueden ayudarnos a reducir esa marca indeleble en nuestro entorno.

Las palabras de Claudio me sirvieron para mover más los engranajes y para repensar mis propias decisiones; para mirar a mi alrededor y darme cuenta de que es posible buscar una vida ecológicamente sustentable sin regresar al omnivarismo. También me recordaron que en lo que respecta a movimientos políticos hay un gran número de fanáticos veganos que en lugar de aprovechar este tipo de ventanas para conversar y debatir de forma civilizada se cierran al diálogo y descalifican todo lo que se les propone sin siquiera razonar. Veganos que no están aquí por la causa del abolicionismo sino para suplir sus propias carencias (eso de lo que hablaba al principio). El veganazismo es una de las peores lacras para este movimiento político en el que cada día comprometidos pacifistas y activistas se dejan el pelo.

Volver a los orígenes


Volviendo a la pregunta: ¿de qué forma podemos reducir nuestro impacto sobre el medio ambiente? Lo primero que debemos hacer es retomar la mirada que de la naturaleza tenían nuestros ancestros, volviendo a relacionarnos con ella como parte integral del entorno. En segundo lugar; si deseamos colaborar de verdad con nuestro hábitat deberíamos replantearnos todos estos sistemas con los que colaboramos: salud, alimentación, vestimenta... No debería ser suficiente comprar productos que vengan con la etiqueta "ecológico", deberíamos saber exactamente de dónde salen esos tomates que consumimos e involucrarnos con la vida de una forma más directa. En tercer lugar; debemos creer en que otro mundo es posible. Y aunque llegado este punto muchos creerán que soy una utopista perdida, debo decir que estoy convencida de que la humanidad está cambiando en muchos aspectos y que no hace falta irse muy lejos para ver estos cambios: el auge de los huertos urbanos es un ejemplo de que se puede llevar una vida más natural.

No se puede luchar por el equilibrio o la armonía medioambiental con las manos manchadas de sangre: hay otras alternativas. La huella en nuestro entorno no podemos evitarla, eso está claro: como no pueden los leones dejar de cazar a las cebras jóvenes poniendo cada día en peligro la supervivencia de esa otra especie. No obstante, podemos buscar la forma de reducirla al mínimo pero sin salirnos de un estilo de vida pacifista. Y es que es contradictorio afirmar que amamos la vida si la sostenemos oprimiendo y asesinando a otros animales. De momento, una vida basada en el consumo de productos provenientes de huertos ecológicos es una buena opción. Pero a largo plazo la solución podría ser evolucionar a nuevas formas de alimentación.

Todo depende de nuestra consciencia, de nuestra razón para tomar cada decisión; por eso antes de postularnos como carnistas o veganos deberíamos revisar las razones que nos llevan a ponernos tal o cual etiqueta y, en lo posible, dejar las etiquetas al margen y plantear nuestras ideas como una posición política y ética. Realmente el fin no justifica los medios: proteger el ambiente no puede ir de la mano con colaborar con la matanza. Del mismo modo que defender a los animales no puede ser compatible con la difusión del odio entre humanos o la implementación de una vida extremista que nos lleve a no mirar las repercusiones de nuestros actos. El veganismo como religión es tan peligroso como el catolicismo y, ¡creánme!, sé de lo que hablo. Por otro lado, proponernos una vida vegetariana pero basada en el consumo de alimentos provenientes de huertas trabajadas con agrotóxicos no es tampoco una alternativa pacifista puesto que el suelo es también parte del entorno y la contaminación es también una forma de violencia.

Una vida sostenible es posible. Fuente: Ur-Chi-Tao
Una vida sostenible es posible. Fuente: Ur-Chi-Tao

Individuos únicos salvados de la explotación


"Las especies silvestres que se extinguen no tienen reposición".

Esta afirmación es tan cierta como que cada vida que se termina es irreemplazable. Y aquí viene sí uno de los puntos planteados por Claudio que roza el extremismo. Expresa que defender a las especies endémicas es más importante que volcarse por el activismo para salvar animales que provienen de la explotación. Venía casi bien su texto, pero aquí... es que ni siquiera se basa en la realidad. La gran revolución que hubo en las redes sociales por la muerte de Cecil demuestra el grado de incoherencia al que hemos llegado: el asesinato de una criatura salvaje parece más difícil de tolerar que el del ternero que yace en nuestro exquisito lomo a la pimienta. Y esto contradice rotundamente lo que dice Claudio: "se tiene mucha más sensibilidad por los animales domésticos que por los silvestres (como si estos últimos tuvieran menos derechos), cuando el nivel de preocupación debería ser inverso".

Y hay todavía más. Cada criatura es única; no son más importantes los animales salvajes que los domésticos ni viceversa pero cuando salvas una vida no salvas a un zorro o a una vaca, salvas a un individuo con sus gustos, sus conflictos, sus alegrías. Los santuarios no rescatan cerdos, vacas o caballos, salvan a Angelina (Hogar ProVegan), a Samuel (Santuario Gaia), a Vera (Santuario Equidad); y lo hacen sabiendo que son un pequeño porcentaje entre millones de animales que no serán amparados. ¿Se habrá planteado Claudio lo que duele para un activista vegano pensar en todas las vidas que no salva?

La vida no son matemáticas, por desgracia, quizá; tal vez, es mejor que así sea. Cada día tomamos decisiones que pueden cambiar rotundamente el curso de nuestra existencia, y salvar una vida puede ser una de esas decisiones. Cuando adopté a Lula mi vida dio un giro rotundo: pese a ello me duelen en el cuerpo todos los perros y gatos que no pude salvar. Pero Lula es mi responsabilidad, es mi compromiso con mi entorno, y siempre he sido de las que miran hacia adelante pensando en lo que pueden hacer y no en lo que podrían haber hecho.

¡Es mentira que se puede cambiar el mundo siendo omnívoro! ¡Es verdad que no se puede cambiar el mundo por ser vegano! Lo único cierto es que si tomásemos consciencia de lo que consumimos, a lo mejor podríamos mejorar la vida de nuestro entorno, reduciendo un poco más la huella que dejemos.

Concluye Claudio citando a Carlyle, cuando dice que estamos en esta realidad para cambiarla. Indudablemente. De eso se trata. Y la mejor forma de transformar nuestra realidad es abriendo fronteras para el diálogo y la revisión de nuestras ideas; para armonizar nuestra forma de vivir con la repercusión que nuestros actos tienen en nuestro entorno. Porque también fue Carlyle el que dijo que su filosofía de vida podía resumirse en una sola frase: "soy lo que hago". Y termino pensando en la lucha constante que implica para los animalistas de España la protección del lobo ibérico, desplazado de su hábitat y asesinado a mansalva por los criadores de ganado. Otro dato que no aparece en el artículo de Claudio.

Maya salvada de la explotación en Santuario Equidad. Fuente: Idem.
Maya salvada de la explotación en Santuario Equidad. Fuente: Idem