Cómo curar el miedo con amor

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Cuando era niña vivía en el campo y le tenía terror a los perros. Sí, sí; es la pura verdad. Con tan sólo ver marchar una figura peluda entre los árboles del monte, comenzaba a sufrir palpitaciones y toda clase de manifestaciones físicas. Y, ¡ojo!, no era ese miedo propio de los primeros años frente a lo desconocido, (que quien diga que no lo ha sufrido, miente). No, no; era la certeza de que los perros eran criaturas malévolas que podían acabar conmigo y con todo lo que amaba: esos gatos raquíticos, algunos más saludables que otros, a los que cuidaba como mal podía y curaba cuando enfermaban. Es que cuando caía la noche yo tenía que entrar en la casa y mis amados felinos quedaban desprotegidos. ¿Cómo iban a mantenerse a salvo sin mí? (¡nos acostumbramos desde tan chicos a esa idea de superioridad entre especies!, incluso sin saberlo).

"Los animales duermen afuera", decía mi madre. Todavía me pregunto por qué no me rebelaba ante esa estúpida sentencia. Teniendo en cuenta lo mal que lo pasaba por las noches, estoy segura de que la compañía de uno de esos peluditos, a falta de abrazos humanos, me habría venido de maravilla. Yo estaba convencida de que mi madre no sabía lo que decía, y sin embargo no la contradecía, permitía que sus palabras fueran órdenes que socavaban mi sistema emocional de una forma silenciosa (¡qué triste que no podamos darnos cuenta a tiempo de cuánto nos marcan las experiencias y los mandatos!).

Pero los gatos no eran los únicos olvidados. Cada tanto se acercaban a la casa perros abandonados en busca de cobijo, sin imaginar lo que les esperaba. Y aquí yace el origen de mi miedo. Un perro, mi padre saliendo con el semblante gris y una carabina en la mano. "Que los chicos se queden en casa", le decía a mi madre, que aceptaba muda la orden. Un ruido seco que atravesaba el silencio de la casa y te apuñalaba y después, el vacío. Cuando mi padre volvía no sonreía y se quedaba callado el resto del día.

Leer y amar nos hace libres
Leer y amar nos hace libres

Un perro negro en un charco de sangre es la imagen más indeleble de mi infancia, que ha conseguido sobrevivir al paso del tiempo en mi memoria y que durante años fue la mejor metáfora de lo que representaba el miedo para mí: la violencia de mi padre, la muerte en los ojos de un ser indefenso, la espesura de la noche... Y aunque con los años algunos recuerdos de la infancia fueron sustituidos por otros más o menos dolorosos y parecieron desvanecerse, los ojos vacíos de ese perro no me han abandonado. Y al volver a esa imagen recuerdo cómo el miedo se aferraba a mi alma de una forma tan intensa que me era difícil comprender de dónde venía, mucho menos hacia dónde iba. Pasó mucho tiempo sin que pudiera relacionarme con los perros; recién cuando comencé a elaborar mis sentimientos conseguí disociar el dolor y la violencia de la infancia con la imagen de estos animales y pude acercarme a ellos y descubrir su belleza.

Hace seis años adopté a Lula, una loba albina que me demostró que el amor puede florecer en las criaturas más devastadas por la vida. Con ella ese terror de infancia se transformó en empatía: después de una primera etapa de lucha feroz tuve que cambiar rotundamente mi forma de mirar al resto de los animales, incluidos los perros. Después vino Zarza, que me obligó a cambiar esa idea de que sentimos de forma diferente: desde que se levanta por las mañanas, te hace sentir que la vida compartida con seres de otras especies es mucho más rica y perfecta. Y después, Niebla y Lebrel, que vinieron a completar esa realidad de vida conjunta. Ahora somos una manada, donde los dos humanos somos los únicos extranjeros, los forasteros que arañan el suelo en busca de oportunidades.

Podemos cambiar nuestra vida pero ciertas cosas seguirán doliéndonos eternamente. Me avergüenzo de esa niña cobarde incapaz de poner los puntos sobre las íes, de rebelarse a la violencia, de luchar por lo que amaba; del mismo modo que me cuesta reconocerme en esa persona especista que fui durante tantos (demasiados) años, en los que contribuí con tantas muertes inocentes (me parece que las estadísticas deben dar que hay más muertes de esas que de las justas). Pero detener el paso del tiempo es una tarea todavía imposible, como también lo es regresar al pasado y corregirlo; no obstante, podemos buscar qué se puede hacer con tanto dolor, con tanta vergüenza, con tanta crueldad innecesaria. Pizza Vegetal responde a mi necesidad de exteriorizar esas experiencias infantiles porque estoy convencida de que, si bien nadie está exento de sufrir y hacer sufrir, siempre estamos a tiempo de mejorar nuestra mirada respecto al mundo que nos rodea.

No sé si mi padre seguirá teniendo aquella carabina. No sé si todavía habrá perros abandonados en donde pasé mi infancia. Hace diez años que me fui para empezar de nuevo; porque aunque no podamos olvidar de dónde venimos sí podemos decidir volver a nacer, cuando todo lo que almacena nuestra memoria es dolor e incomprensión. Estoy segura de que así como hay personas y cosas que cambian rotundamente gracias a las experiencias de la vida, hay otras que permanecen indelebles, intactas, como esos recuerdos que olvidamos y que, de pronto, se asoman y nos demuestran que siempre han estado ahí, esperándonos.


Con Zarza sabemos que el amor mueve montañas
Con Zarza sabemos que el amor mueve montañas