Amós y la oveja

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Una tarde en la que Amós y sus hermanos jugaban en el maizal se encontraron con una oveja diminuta que se había caído en un pozo. Con cuidado la rescataron y se la llevaron a la casa. Era apenas un puñado de lana que no se veía del suelo pero a los pocos días saltaba y brincaba como una loca. Durante varios meses, Teobalda se convirtió en la alegría de la casa, los niños jugaban con ella y se morían de risa al verla disfrutar de la nueva oportunidad que le había dado la vida.

Teobalda creció y creció hasta convertirse en una oveja grandísima que no dejaba viva una sola planta del jardín. La madre de los chicos se pasaba el día renegando y pidiéndoles a los niños que se la llevaran al campo; pero ellos insistían: Teobalda era una más de la familia y no querían que se marchara. Pero un día fue el padre el que dijo que había llegado el momento de devolverla a la majada; y como siempre sus sentencias eran inquebrantables. Por mucho que sus hijos lloraron y rogaron, no consiguieron hacerle cambiar de opinión. Así fue como Teobalda se fue de la casa y aunque ellos podían ir a visitarla al campo, ya no era lo mismo.

Una tarde en que fueron a visitarla no la encontraron; Teobalda no respondía al llamado ni aparecía por ningún lado. Amós le preguntó a su padre qué le había ocurrido y él simplemente le dijo que se había hecho grande y, como todos los seres vivos, ya no recordaba su pasado. Amós no le creyó y dijo que no comería más animales muertos porque estaba seguro de que su padre la había mandado a matar, como hacía con el resto de las ovejas.

Pasó el tiempo. Treinta años más tarde Amós llevaba una vida adulta y, como su padre lo había vaticinado, había olvidado su infancia, incluyendo su experiencia con Teobalda. Pero una cosa no había abandonado su memoria: su desprecio por su progenitor y todas sus mentiras. Una tarde estaba observando a su pequeño hijo que luchaba persistente con algo que había en el interior de una manzana que intentaba comer.

—Papi, ¿me quitas ese bicho? Es que no quiero hacerle daño.

El padre fue sobrecogido por un temblor lejano: cientos de imágenes le ametrallaron el cerebro y tocaron su fibra más delicada. Los ojos se le llenaron de lágrimas y se quedó mudo de espanto ante una certeza: se había convertido en su propio padre. A diferencia de lo que habría hecho en otra situación, cortó con delicadeza el trozo del fruto agujereado y llevó al mínimo bichejo a refugiarse en una maceta del jardín, mientras su hijo lo observaba lleno de orgullo.

Desde ese día Amós no sólo recordó a Teobalda cada día de su vida sino que recuperó la conexión con su propio universo emocional. Y, como aquella tarde en el maizal, su vida volvió a transformarse, esta vez para siempre.

FOTO: La oveja Timmy del Refugio Animal Edgar.